Hay una frase de Javier, médico residente de cuarto año de Medicina de Familia y con diabetes tipo 1 desde los 13 años, que me ha resultado demasiado familiar: «Es difícil mantener el autocuidado cuando los horarios, el descanso y las rutinas desaparecen».
Y creo que cualquiera que viva con diabetes sabe exactamente a qué se refiere.
Javier hace guardias de 24 horas. Durante esas guardias puede comer a horas completamente distintas, dormir poco o mal y pasar de estar relativamente tranquilo a encontrarse en mitad de una urgencia sin tiempo ni siquiera para mirar el móvil.
Cuenta que alguna vez, después de dejar el teléfono en la mochila durante el trabajo, ha mirado la glucosa y se ha encontrado de repente en 250 mg/dL sin haberse enterado.
También habla de las hipoglucemias. En alguna ocasión ha tenido que levantarse mientras dormía durante una guardia y buscar una máquina del hospital para comprar algo con lo que remontar una bajada.
Lo curioso de su historia es que Javier conoce perfectamente la teoría.
Es médico. Sabe lo que debería hacer, conoce las posibles complicaciones de la diabetes y ve en consulta a personas con retinopatía, enfermedad renal y otros problemas relacionados con ella. Pero tener toda esa información no hace desaparecer el problema cotidiano: para controlar una diabetes necesitas dedicarle atención, y hay días en los que la vida simplemente no te deja hacerlo como querrías.
Esa parte me parece especialmente interesante porque desmonta bastante bien la idea de que un buen control depende únicamente de «hacer las cosas bien».
Puedes saber contar hidratos, ajustar insulina, interpretar el sensor y conocer perfectamente cómo responde tu cuerpo. Después llega una noche sin dormir, comes tres horas más tarde de lo previsto, tienes estrés durante toda la mañana o no puedes parar cinco minutos cuando lo necesitas… y la glucosa decide recordarte que la teoría funciona mucho mejor cuando la vida coopera.
Javier lo explica con algo que también conocemos muchos: consigues encadenar varios días buenos, con sueño, comidas y ejercicio relativamente ordenados, y una sola guardia puede volver a descolocarlo todo.
En su caso, el deporte se ha convertido en una de las herramientas que utiliza para recuperar ese equilibrio. Ha practicado tenis, corre maratones y ahora también hace ciclismo de carretera, llegando a realizar rutas de hasta seis horas.
Dice que cuando entrena de forma regular ha llegado a reducir su insulina basal hasta en diez unidades. Es su experiencia personal y no una pauta que pueda trasladarse directamente a otra persona, porque el efecto del ejercicio y los ajustes de insulina pueden ser muy diferentes entre personas con diabetes. Pero sirve para hacerse una idea de hasta qué punto la actividad física puede cambiar las necesidades de insulina.
Hay otra parte de su historia que me ha gustado incluso más.
Javier dice que tener diabetes ha cambiado su manera de tratar a los pacientes. Cuando tiene que explicar un diagnóstico intenta acordarse de aquel adolescente de 13 años que escuchó por primera vez la palabra diabetes y apenas sabía qué significaba.
Para un médico, una enfermedad determinada puede ser algo que explica varias veces a la semana. Para quien está sentado al otro lado de la mesa puede ser la primera vez que escucha que tendrá que convivir con ella durante el resto de su vida.
Esa diferencia de perspectiva importa mucho.
Yo llevo años viviendo con diabetes y sigo pensando que existe una distancia enorme entre saber qué es la diabetes y saber lo que supone vivir con ella las 24 horas del día. Javier conoce las dos caras: la del profesional que explica qué habría que hacer y la del paciente que algunos días, sencillamente, hace lo que puede.
Y quizá por eso me quedo con esa parte de su historia. La diabetes no le ha impedido estudiar Medicina, hacer guardias, correr maratones o salir durante horas en bicicleta. Pero tampoco ha desaparecido por el camino.
Sigue estando ahí, obligándole a mirar una glucosa en mitad del trabajo, improvisar ante una hipoglucemia o intentar recomponer sus rutinas después de una guardia de 24 horas.
Una vida normal con diabetes puede ser perfectamente posible.
Solo que nuestra definición de «normal» incluye unas cuantas decisiones más cada día.