Cuando tienes diabetes, parece que cualquier cosa que comes o bebes puede quedar sometida al juicio de los demás. Como si alguien pudiera valorar nuestra salud observando una cena o una decisión puntual, sin conocer nuestro tratamiento, nuestras circunstancias ni el motivo concreto de una baja médica.
Eso es precisamente lo que le ocurrió a una trabajadora de una empresa de hostelería. Estaba de baja y la empresa decidió despedirla después de que saliera a cenar y pidiera dos tintos de verano. Según sus responsables, el alcohol y el azúcar de las bebidas eran incompatibles con su diabetes y podían agravar su estado o retrasar su recuperación.
En este caso resulta extraño hablar simplemente de una “baja por diabetes”. La diabetes es una enfermedad crónica y el artículo no explica cuál era la causa médica concreta de la incapacidad temporal. Podría haber coincidido con el diagnóstico, con un periodo de descompensación, con alguna complicación relacionada con la diabetes o con otra situación que necesitara tratamiento y recuperación.
Pero, con independencia de lo que significara exactamente esa “baja por diabetes”, el argumento utilizado por la empresa se centraba en que la trabajadora había consumido alcohol teniendo diabetes. A partir de una cena y de dos bebidas, sus responsables asumieron que estaba actuando contra su salud y dificultando voluntariamente su recuperación.
Sin embargo, la Justicia concluyó que aquella cena fue utilizada como pretexto. Cuando la empresa supo que la baja podía durar unos 78 días y que supondría un coste aproximado de 700 euros mensuales, su responsable propuso a la trabajadora rescindir el contrato. Ella se negó y, semanas después, fue investigada y despedida.
El Tribunal Superior de Justicia de Murcia consideró que la verdadera causa del despido estaba relacionada con su enfermedad y con la duración de la baja. Por ello, ordenó su readmisión, el pago de los salarios que había dejado de percibir y una indemnización adicional de 24.000 euros por daños morales.
Más allá del caso judicial, esta historia refleja un prejuicio que muchas personas con diabetes conocemos bien: la idea de que debemos comportarnos siempre como “pacientes perfectos” y que los demás pueden vigilar y juzgar cada una de nuestras decisiones.
Tener diabetes no implica que no podamos salir a cenar. Tampoco significa que el consumo de una bebida concreta permita determinar desde fuera si estamos cuidándonos o incumpliendo un tratamiento. El alcohol puede afectar a la glucosa y debe consumirse con prudencia, teniendo en cuenta la medicación y el riesgo de hipoglucemia, pero eso no convierte a compañeros, responsables o empresarios en nuestros médicos.
Una baja médica supone una incapacidad temporal para trabajar, no necesariamente la obligación de quedarse en casa. Lo importante es que las actividades realizadas sean compatibles con la situación médica y con la recuperación, algo que debe valorarse con criterios profesionales y atendiendo a las circunstancias de cada persona.
Quienes vivimos con diabetes ya soportamos suficientes decisiones, cálculos y preocupaciones cada día. No necesitamos, además, que nuestra enfermedad se convierta en una excusa para señalarnos, vigilarnos o cuestionar nuestra vida privada.
¿Alguna vez has sentido que alguien juzgaba lo que comías o hacías simplemente por tener diabetes?